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UN DIOS QUE TE AMA

UN DIOS QUE TE AMA

La meditación de nuestro Párroco sobre el Evangelio del domingo 3 de mayo.

“Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu”. (1 Juan 4, 7-13).

 

El apóstol san Juan nos muestra en su Evangelio, y sobre todo en sus cartas, el tema del amor de Dios. Es el último en escribir y tras una larga vida, por lo que en su pensamiento ha elaborado y expresado aquello que considera más radical y no está tan presente en los otros evangelios. De esta forma resulta ser el más teológico y también el más profundo. No obstante el prólogo de san Juan es una pieza clave para el cristiano.

Un Dios que ama por ser su Esencia. Dios es Dios y por eso ama, no sabe ni puede hacer otra cosa. El hombre, para conocer a Dios, tiene que amar, porque solo si ha nacido de Dios y permanece en él, y lo hace cuando ama, puede llegar a Dios y conocerle. Esto parece claro del texto de san Juan y para saber si amo, y por tanto si permanezco en Dios, he de mirar si poseo el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es invisible a nuestros ojos humanos, pero no por ello menos real y su presencia se hace evidente a través de sus dones y frutos.  Los dones son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los planes de Dios y por el libro de Isaías sabemos que son 7: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Estos dones pertenecen en plenitud a Cristo, el Hijo de David (cf Isaías 11, 1-2). Y en nosotros lo que hacen es llevar a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Nos hacen dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

Los frutos, en cambio, son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” y los saca de la carta de san Pablo a los Gálatas (cf. 5,22-23). Y su manifestación en nosotros son signo del Espíritu que actúa.

Así, que si deseamos saber si Dios está con nosotros, si permanecemos en El, el test de comprobación es si dejamos actuar al Espíritu Santo en nuestras vidas: 1) nuestra docilidad a las inspiraciones divinas, secundando sus solicitudes en nuestra alma, como se ofreció Madre Teresa de Calcuta cuando le prometió al Señor no negarle nada de lo que la pidiera y 2) si, cómo consecuencia de nuestra docilidad el Espíritu Santo, se manifiesta El en nosotros a través de sus frutos. En definitiva, si nos dejamos moldear por el Espíritu Santo, para que en nuestra vida se refleje y se vea a Jesús. Que los demás vean en nosotros el rostro amoroso y misericordioso de Jesús.

Entonces veremos cómo lo que impide, esta maravilla que Dios quiere hacer en nosotros, son los frenos que a la acción del Espíritu Santo ponen nuestros pecados. Son muros de contención que no Le dejan actuar al no colaborar por nuestra parte. De aquí, entre otras razones, la gravedad del pecado, que impedimos a Dios que realice su obra en nosotros.

Dios te ama y por eso envío a su Hijo al mundo para padecer y que tuviéramos vida en su Nombre. Sin embargo, la tendencia del hombre moderno es entender a este Dios, que nos ama, como un ser “Amable”, alguien que soluciona nuestros problemas, que está ahí esperando a que le pidamos ayuda, alguien que nos da palmaditas en la espalda y nos dice: no pasa nada, tranquilo, esto lo arreglo Yo. Esta es la idea de fondo cuando acudimos a la confesión sin la suficiente contrición y arrepentimiento, cuando no dando importancia al pecado, no nos esforzamos en salir de él sino que pensamos en que, bueno, ya me confesaré.

Pero Dios no es amabilidad pura. No es ese Ser que busca ser agradable, amable, que adula y dice al oído lo que nos agrada, para quedar bien y le tengamos en consideración y no le abandonemos. NO, ese no es Dios. Dios es Padre y eso conlleva su exigencia para que nosotros maduremos. Dios es Amor y Jesús nos revela el Amor del Padre. Pero Amor no es amabilidad, decirnos lo que deseamos oír, no pasa nada, yo te arreglo tus cosas. De lo contrario ¿dónde quedaría la libertad y responsabilidad? Un Dios amable nos mantendría infantiles e inmaduros. Nada que ver con hacerse como niños. Una cosa es el infantilismo al que nos llevaría un Dios amable, el síndrome de Peter Pan, y otra el volvernos como niños, que es confiar plenamente en Dios y apoyarse en El. El Dios amable, en cambio, es cuando pensamos en Dios como el genio de la lámpara, al que pido cosas y me tiene que atender. Pero en Aladino y su lámpara mágica el protagonista el principal no es el genio sino Aladino, ya que el genio le tiene que obedecer y cuando yo veo a Dios como el genio de la lámpara el protagonista soy yo y Dios me tiene que obedecer. Es la postura de quienes ante su plegaria a Dios, si no se atiende en los términos queridos y pedidos por ellos, se enfadan. Esta es una visión mágica de Dios y de la Iglesia, pero ni es el Dios cristiano ni el Dios que se ha revelado en Jesucristo. Aunque es la imagen de Dios cuando uno se deja llevar por el sentimentalismo y no por el Dios revelado por Jesucristo.

Dios está presente en nuestras vidas y si no le vemos es porque buscamos a un Dios al que hemos desfigurado y cuando se hace presente en nuestras vidas no le reconocemos.

El Señor anhela nuestro amor. ¿Cuántas veces le dices te quiero? ¿Has descubierto el modo en que Dios te quiere (y no es que te conceda lo que pides o todo te vaya bien, sino que está siempre contigo, de otro modo te mantendría infantilizado y sin crecer)? ¿Le muestras tu amor a Él concretándolo también en el amor al prójimo?

Del amor de Dios, revelado en Jesucristo, no podemos dudar: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados”. Como hemos leído al inicio en la carta de san Juan o “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13) o “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amo hasta el extremo” (Juan 13, 1).

No podemos amar a Dios sin la caridad, sin el amor, que Él nos da, y que se dona principalmente con la comunión eucarística, dónde entrega su Cuerpo y Sangre, fruto precioso de su entrega en la Cruz.

Es la cruz y la misa. Es el Tengo sed y me entrego por ti, que nos muestra Jesús en la Cruz y que son expresión de su amor por ti.

La misa, incluso sin público, tiene su valor para todos. La misa es banquete. Es suma de la liturgia de Sinagoga y la Pascua. Es Alianza. Es renovación del sacrificio de la Cruz, es el Hijo a la diestra del Padre que intercede por todos. Es fuente de Caridad cuando comulgas y beneficio para todos (como si se purificara el aire y el agua del mundo e irradia amor). El sacerdote es Cristo y por eso se cubre con casulla. Y besa altar. En ella el hombre Adora, Da gracias, Pide Perdón y Solicita su ayuda.

Suerte la de san Juan recostado en el costado de Jesús en la última Cena, qué intimidad y confianza. Es un enamorado, quizás por ello el único célibe. Un amor puro como el de María de Betania o el María Magdalena ambas a los pies de Jesús. Qué ejemplos para imitar en el amor al Señor.

Jesús habría dado besos y abrazos a los suyos. Por eso no es extraño el beso de Judas. Pero por eso también se entiende el dolor de Jesús por su traición y la nuestra cuando le rechazamos por el pecado.

Amar es decir: qué bueno que tú existas. Pero eso también decirlo y pensarlo de todos aquellos que no aguanto y, si soy capaz, entonces es que el amor de Dios fluye por mis venas y voy en buena dirección.

En breve, si Dios así lo dispone, volveremos a la celebración de la Misa, acerquémonos con las palabras del salmo 43: “Me acercaré al altar de Dios, al Dios de mi alegría, y te daré gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío.”

 

Dios te bendiga.

 

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