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JESÚS NOS CURA

JESÚS NOS CURA

Hoy, día en que celebramos en la Iglesia la solemnidad de la Encarnación del Señor, nuestro Párroco nos presenta su reflexión sobre los Evangelios de los tres últimos días.

Estos tres días anteriores hemos visto cómo Jesús cura a distintos enfermos. El no ha venido a curar enfermos corporales, pero sí  a los espirituales. La curación del cuerpo la lleva a cabo cuando conviene al alma y esto solo lo sabe El. Los tres Evangelios han sido diferentes: En el primer caso era la curación del ciego de nacimiento y se lleva a cabo sin contar con la fe del ciego, requisito que suele ser necesario. Aquí tiene más que ver la débil fe de los discípulos que le preguntan cuál era el pecado del ciego, si suyo o de sus padres, ante lo cual Jesús cura haciendo barro y untando los ojos. El segundo si tiene una petición del funcionario respecto a su hijo enfermo y aquí si esta la fe del padre. Sanará con el deseo de Jesús que realiza a gran distancia la sanación. En el tercero está el paralítico de la piscina de Betesda, donde Jesús tomará la iniciativa, pero preguntando antes si quiere ser sanado. Aquí lo hará con un mandato y el consiguiente escándalo de los fariseos. Sin embargo, añade: vete y no peques más, no sea que te ocurra algo peor.

Jesús sana el cuerpo para demostrar que es capaz de sanar el alma. El interés último es sanar los corazones y librarlos del pecado. Esto es lo realmente importante, porque peor que ese paralítico que no tiene a nadie que le ayude a entrar en la piscina y se ve obligado a mendigar, es el pecado. Esto es algo que no siempre tenemos lo suficientemente claro, tal vez por la facilidad con la que pedimos perdón y lo tenemos. Sin embargo, Jesús si es consciente de la gravedad del mismo y aceptó el encargo del Padre de Encarnarse, para nuestra Salvación. Es lo que recordamos en la Fiesta de hoy de la Encarnación del Hijo de Dios. Viene a salvarnos no del mal de la enfermedad o de la muerte, sino del pecado para que tengamos vida aquí y luego la vida eterna

En el pasaje del paralítico, le preguntan los fariseos a Jesús si ellos también están ciegos y El les responde: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece”. El pecado se excusa cuando se ignora, pero cuando es consciente su gravedad se nota. Será lo que les diga a los fariseos que se creían fuera de pecado.

Estos días estamos viendo iniciativas privadas que se difunden por WhatsApp con gran facilidad, que más que ayudar confunden: recogida de firmas para que se vuelvan a tener misas con público, que los sacerdotes saquen el Santísimo en procesión por las calles, no comulgar en la mano porque es sacrilegio, etc. Pero con toda su buena intención, se consideran más listas que sus pastores, como si tuviesen ellos revelaciones divinas. Esto, al contrario de algo bueno, puede estar movido por su soberbia, que so capa de piedad, contradice a los pastores que son quienes tienen la última decisión. A cosas parecidas se refiere el Señor cuando recrimina a los fariseos. Estos son momentos, como siempre, de estar unidos a los pastores y no de sembrar cizaña.

Hace unos días, una sobrina mía mandaba unas consideraciones sobre lo que se pone de manifiesto con el coronavirus, y me llamó la atención una de ellas: que la religión no cura enfermedades. A primera vista, parece de alguien descreído, pero no necesariamente. Yo también estoy de acuerdo con ello. La religión no cura, la relación personal con la divinidad, que eso es la religión, no cura; la fe no cura. El único que cura es Jesucristo, este si que puede y lo hace, aunque de modo arbitrario, como veíamos al inicio, si conviene al alma, pero lo hace siempre en lo que se refiere al alma. Hemos de pedírselo, como mendigos, para que se apiade de nosotros, pero dándonos cuenta que el mira más por el pecado que por la enfermedad.

El Señor cura de diversos modos: con barro, con su palabra o deseo y  con su mandato. A través de los sacramentos y de su acción misericordiosa. Por eso en este tiempo la iglesia pide la curación del alma como el funcionario, a través de su fuerza. Ayer hablaba con un enfermo de coronavirus en el hospital y le explicaba por teléfono, para reservar entrar en las habitaciones solo en casos extremos,  la confesión y la comunión espiritual y la indulgencia plenaria que se puede ganar en esas circunstancias rezando y me dijo que esas palabras eran un gran alivio. Es tiempo de una mayor confianza en Dios que nos purifica de lo mágico para quedarnos con lo importante. Dios no se ata a lo sensible porque está por encima. Por eso en estos momentos de sequía sacramental el alma es capaz de tener consuelo. Esa paz del alma viene de Dios y es prueba de que está contigo a pesar de la dificultad. Y se sirve de medios toscos como los WhatsApp que con deseo de cercanía nos enviamos, con escuchar la voz del sacerdote que sabe le lleva en su corazón y en su oración. Son días para descubrir la inmensa acción de Dios al margen de los sacramentos. Estos son la vía ordinaria y abundante de su acción, que puede ocultarnos esa otra forma de actuar el Señor. Ahora, agotado el cauce del río, tal vez nos fijemos en el pequeño arroyo, que sigue con agua y calma nuestra sed de Dios.

Cuando uno acude al médico, lo suyo no  es ir diciéndole el diagnóstico y que me ponga tal tratamiento, sino el de presentar los síntomas y confiar en el, someterse a las pruebas pertinentes y aceptar sus pautas. El médico cura y yo confío. Diagnóstica y trata. Dios cura y nosotros pedimos y confiamos en El. Dios pide pruebas diagnósticas y estas son nuestro examen conciencia y la luz del Espíritu Santo que imploramos para conocernos mejor. Seguir el tratamiento es importante para curar, de ahí que seguir los consejos divinos sea el remedio al mal, que es el pecado.  Aprovechemos a examinar nuestros síntomas espirituales. Todo aquello que no me gusta en mí o no les gusta a los que me rodean, ya que muchas veces son los síntomas que uno no detecta, pero ven los demás. Así averiguaremos de qué tenemos que pedir curación: Pecados, vicios, esclavitudes, carácter, etc. Y expondremos los síntomas, pedimos consejos al Señor, que nos hablará por medio del Espíritu Santo ya sea en nuestra conciencia ya mediante el confesor. Y aplicaremos el tratamiento para obtener la curación y con ella la felicidad y la salvación.

Feliz día de la Encarnación y que Dios os bendiga.

 

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