Signos religiosos en una sociedad plural
Con cierta frecuencia se oye decir en algunos ámbitos –casi siempre los mismos- que en una sociedad plural, en la que hay no creyentes, no debe haber signos religiosos en la vida pública. Resulta paradójico ese modo de pensar, porque precisamente porque es plural los creyentes tienen derecho a manifestar públicamente sus creencias y que en los espacios públicos esas creencias puedan estar representadas. Si no pudiera haber signos religiosos ya no sería una sociedad plural, sino únicamente agnóstica o atea, al menos en la apariencia. Por eso es lógico que haya procesiones, que se jure ante la Biblia al tomar posesión de un cargo, o que haya crucifijos en las aulas de los colegios o en las habitaciones de los hospitales.
En el fondo de ese modo de pensar subyace la idea de que los signos religiosos son molestos u ofensivos para los no creyentes, o no respetan a los que no creen. Pero ¿qué fundamento real tiene esta afirmación? El que no cree, no valorará el signo religioso (por ejemplo, el crucifijo), no dará importancia a lo que representa, pero no se ve que haya motivos razonables para molestarse, porque el Crucifijo, como decía el socialista Tierno Galván cuando tomó posesión de la Alcaldía de Madrid, es “signo de amor y de perdón”.
Los signos religiosos, y los cristianos en particular, no van contra nadie, al contrario: nos recuerdan la necesidad del respeto, comprensión y amor hacia todos los hombres, pues todos somos hijos del mismo Creador y Padre. Dios.
Además la Constitución española garantiza la libertad religiosa y de culto (art. 16,1) y dentro de la pluralidad sociológica hay una mayoría creyente, católica, que la misma Constitución reconoce (art. 16,3)), razón de más para el derecho a la presencia de esos signos, lo que no significa dar carácter estatal a esta religión (art. 16,2).
Los cristianos no pretenden ni quieren imponer sus creencias (ni podrían hacerlo aunque quisieran, pues solo de modo libre se puede ser cristiano), pero en una sociedad verdaderamente libre y democrática tienen derecho a manifestar públicamente su fe, y a no ser discriminados por ello, del mismo modo que los no creyentes tienen derecho a no seguir una determinadas creencias –sin descalificar a los que las siguen-, sin ser por eso marginados.
La religión no puede ser un “arma arrojadiza”, ni la falta de religión tampoco, siempre que se dé el respeto mutuo entre unos y otros. Además, muchas veces los creyentes tendrán cosas que aprender de personas no creyentes (en su comportamiento profesional y social, etc.), y también al contrario: muchos creyentes pueden y deber servir de ejemplo a no creyentes (por su coherencia, su respeto a los demás, etc.), si viven de tal modo que, como dice el Evangelio, sean “sal” y “luz”.
Si nos tratamos así, entonces habrá paz y colaboración mutua, y no nos dedicaremos a descalificar todo lo que hacen otros simplemente porque no son “de los nuestros”. Reconocer lo bueno de los demás es una muestra de madurez y de confianza en las personas y en las instituciones.
Juan Moya