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Ser católico en política, hoy

Prada y Joserra: Un debate apasionante. El 6 de abril de este año, en el marco de la V Jornada Cristianos y Política, tuvo lugar en Toledo un debate sobre Ser católico en política hoy en el que participaron el escritor Juan Manuel de Prada y el diplomático y secretario de Relaciones Internacionales del PP José Ramón [Joserra] García Hernández, en presencia, entre otras personalidades, del arzobispo Braulio Rodríguez Plaza.

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CONFERENCIA: Reingeniería Social Anticristiana

Por Mons. Juan C. Sanahuja. Nació en Buenos Aires. En 1968 se licenció en Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra. Luego cursó estudios de Teología en Roma, y en 1973 obtuvo el grado de Doctor en Teología en la Universidad de Navarra. Se ordenó sacerdote en Madrid el 13 de agosto de 1972 y perteneció al clero de la Prelatura del Opus Dei. Desde hace casi 40 años se dedicaba a temas relacionados con la defensa de la vida y la familia. En 1998 fundó Noticias Globales que provee material de investigación sobre políticas relacionadas con la vida humana y la familia a nivel internacional, y desde el año 2001 fue editor de Notivida que trata de los mismas temas, pero enfocando en Argentina. Murió el 23 de diciembre de 2016 en el Hospital Británico de Buenos Aires por cáncer de páncreas.2​ Por su empeño, en 2011, Benedicto XVI le otorgó el título de Capellán de Su Santidad.

Colaboró en numerosos organismos de la Santa Sede, especialmente con el ahora disuelto Pontificio Consejo para la Familia.

Luchador incesante por la causa de la vida y la familia, gastó su vida tratando de concientizar a la gente de los peligros de la Cultura de la Muerte y de la importancia de la Cultura de la vida.3(WikipediA)

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Era agnóstico, le invitaron por error a hablar del caso galileo…Y Al estudiarlo se hizo católico

El discurso dominante considera el caso Galileo como un misil para la credibilidad de la Iglesia. La propaganda ha sido, también en este caso, más eficaz que la Historia, que surte el efecto contrario. Así sucedió, al menos, con un científico de renombre que se vio en la tesitura de dar una conferencia sobre el asunto que le fue solicitada por error (así actúa la Providencia). Como contó en su día ReL, tuvo que estudiarlo a fondo y encontró en él algunos de los argumentos que le llevaron a convertirse al catolicismo.

Un gran divulgador científico

Hablamos de Frank Sherwood Taylor (1897-1956), nacido en el condado inglés de Kent y primorosamente educado en la histórica Sherborne School de Dorset. Tras concluir el bachillerato en clásicas, fue movilizado durante la Primera Guerra Mundial. El 12 de octubre de 1917, en la batalla de Passchendaele, cerca de Ypres (Bélgica), se ofreció para sustituir en un lugar de riesgo a un soldado de mayor edad y resultó gravemente herido. Sufrió catorce operaciones en los nueve meses siguientes, quedándole una cojera permanente.

En 1919 pudo por fin comenzar su carrera universitaria, pero no fue en letras, sino en ciencias. Parece ser que su experiencia bélica y hospitalaria le motivó a buscar las aplicaciones de la ciencia para usos pacíficos, y se matriculó en la prestigiosa facultad de Química de Oxford, donde obtendría sus grados de licenciado y doctor. En 1933 se convirtió en profesor de Química Orgánica en la Universidad de Londres, y en 1934 publicó un libro sobre experimentos sencillos de su especialidad, The young Chemist [El joven químico], con el cual, por ejemplo, dio sus primeros pasos infantiles como investigador el biólogo Sydney Brenner, Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 2002.

Sherwood Taylor continuó con esa línea de trabajo, y en 1936 comenzó a escribir una serie de libros de divulgación científica bajo el título genérico The world of science [El mundo de la ciencia].

De las costumbres victorianas al agnosticismo

¿Qué pensaba Sherwood Taylor de la religión? Era hijo de padre agnóstico y madre anglicana, fue bautizado y los domingos acudían a la iglesia. Pero él es muy sincero: «Me temo que mi educación religiosa fue casi inútil para alguien que estaba destinado a destacar en una sociedad no-religiosa… Toda la familia, salvo tal vez mi padre, se consideraba cristiana, pero nuestra conducta no se regulaba con referencia a Dios, sino a las reglas sociales imperantes en el primer periodo eduardiano [Eduardo VII, 1901-1910]».

Perdió la fe en la adolescencia, guiado por lecturas cientificistas que le hicieron adherirse al materialismo y al positivismo. Se consideraba agnóstico, pero abrigaba dudas: «No podía ver cómo sumando un átomo con otro podíamos conseguir vida y pensamiento». Y aunque aceptó la hipótesis evolucionista, no le encajaban conceptos como la belleza. ¿Por qué es tan hermosa una flor salvaje que solo sirve para que una abeja libe su néctar? «¿Qué lugar ocupa [la belleza] en el esquema evolucionista?», se preguntaba.

Con todo, Sherwood Taylor mantuvo su agnosticismo al tiempo que iba destacando cada vez más en su ámbito de investigación científica. Hasta que, en 1937, explica, «tuve mi primer contacto con la Iglesia católica por medio de la más improbable de las providencias». 

Galileo entra en escena… y Dios también

Fue así: «La Asociación de la Prensa Racionalista escribió a otra persona con mi nombre pidiéndole una conferencia. Me enviaron la carta por error y ofrecí mis servicios. ¿Sobre qué querrían que hablase?, me pregunté. ¿Cuál había sido la mayor crisis del racionalismo en la historia de la ciencia, que era mi especialidad? Sin duda el caso Galileo, de quien poco sabía entonces. Decidí aceptar el tema y dar la conferencia. Una vez dada, continué estudiando y escribí un libro sobre su vida. A medida que estudiaba los documentos y la historia en detalle, me di cuenta de que la leyenda aceptada corrientemente sobre Galileo estaba llena de distorsiones deliberadas introducidas por escritores anticatólicos y racionalistas«.

En efecto, en 1938 publicó Galileo and the freedom of thought [Galileo y la libertad de pensamiento] como parte de un proceso de reflexión que le condujo a ser recibido en la Iglesia católica el 15 de noviembre de 1941, cuando tenía 44 años y ya era un científico de gran prestigio.

El interés por el caso Galileo y sus trabajos de divulgación le convirtieron en una referencia de su tiempo en historia de la ciencia. Se especializó en la vida, obra y pensamiento de los alquimistas griegos y medievales, a quienes consagró varios títulos. Entre 1940 y el año de su muerte fue, en distintos periodos, conservador del Museo de Historia de la Ciencia de Oxford, director del Museo de la Ciencia de Londres y presidente de la Sociedad Británica de Historia de la Ciencia. Su muerte sería reconocida también como una gran pérdida por los expertos en filosofía de la ciencia, pues también había fundado en el Queen Mary’s College de Londres un grupo de estudio sobre ese área.

La verdad del caso Galileo

¿Cuál fue la verdad del caso Galileo que, en vez de alejarle de la Iglesia, le acercó a ella?

John Beaumont lo detalla en el capítulo que consagró a Sherwood en el volumen colectivo Intelligible Design [Diseño Inteligente], dirigido por los físicos españoles Julio Gonzalo y  Manuel Carreira, S.I., principal fuente de este artículo.

En primer lugar, Sherwood Taylor comprobó que, en realidad, Galileo Galilei (1564-1642) nunca demostró que la tierra girase alrededor del sol. Las pruebas basadas en las mareas que adujo en el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo (1632) se demostraron a los pocos meses como matemáticamente incorrectas. Sus descubrimientos astronómicos (los montes lunares, los satélites de Júpiter, las fases en la aparición de Venus) respaldaban la teoría copernicana, pero no la probaban. Y no podía rebatir los obstáculos teóricos al modelo geocéntrico, que derivaban de una teoría de la gravedad que no formularía Isaac Newton hasta 1687.

En rigor, las pruebas del modelo geocéntrico fueron llegando a cuentagotas: el cálculo de la velocidad de la luz por Oele Roemer en 1675, la observación por James Bradley en 1728 de la aberración de la luz [aparente desplazamiento de un objeto debido a la velocidad del observador], la medición de la paralaje estelar por Friedrich Bessel en 1837 -primera demostración en sentido estricto- o el péndulo de Léon Foucault en 1851. Hay que tener en cuenta que una cosa es el encaje teórico de unos hechos en un modelo matemático (las leyes de Kepler [Johannes Kepler, 1571-1630] o de Newton) y otra la demostración física de la realidad de un fenómeno. ¿Por qué satanizar entonces a la Iglesia, se preguntaba Sherwood Taylor, por exigir unas pruebas que Galileo no aportó antes de cancelar una visión de la realidad que parecía cuadrar mejor con el relato bíblico? «Es cierto que la Iglesia no jugó un papel admirable» en la resolución del caso, reconocía el químico inglés, «pero fue difamada arteramente». 

Es más (y éste era el segundo punto del que alertó a Sherwood Taylor), ¿por qué se alegaba tanto este caso contra la Iglesia, sabiendo que un error en un caso como éste no comprometía su infalibilidad, la cual, como él mismo explicaba, solo existe «en materias de fe y moral deliberadamente promulgadas como artículos de fe por un Papa o un Concilio general»?: «La decisión de 1616 fue solo la opinión de un comité de expertos sobre lo que podía creerse con certeza, no era infalible».

En tercer lugar, la condena en sí exigía muchos matices, porque los adversarios de la Iglesia no tenían en cuenta el «choque de personalidades» que había tenido lugar entre Galileo y su «sarcástica pluma» y el Papa de quien se burlaba, ni tampoco que los hechos sucedían en plena tormenta europea con el protestantismo justo en cuanto a la interpretación de las Escrituras. Le indignaba también que se cargasen tanto las tintas contra la Iglesia, siendo así que Copérnico, a quien Lutero y otros líderes protestantes condenaban, había sido homenajeado por obispos y cardenales en los jardines del Vaticano cuando presentó allí su teoría heliocéntrica.

Sherwood Taylor, siguiendo a otros estudiosos del caso, consideraba que, a pesar de su fallo final, la Iglesia se había limitado a ser cautelosa ante un contexto de virulenta confrontación sobre quién tenía potestad para determinar qué dice la Biblia.

Por último, el científico inglés, aunque entiende que el Santo Oficio actuó «torpemente», recuerda la verdad del caso frente a la mitología trazada en torno a él. Galileo nunca fue torturado ni murió en la hoguera. Condenado a arresto domiciliario de por vida, lo pasó al principio en casa de dos amigos, para luego cumplirlo en su propia villa. Allí vivió de una pensión que le pasaba el Papa, mientras continuaba sus estudios y recibía discípulos de todo el mundo. Nunca dijo Eppur si muove [Y sin embargo, se mueve]. Nunca dejó caer bola alguna desde la Torre de Pisa. Y murió como un buen católico que siempre fue, tras recibir los sacramentos y en compañía de su hija monja.

Dos factores decisivos para la conversión

A la luz de todos estos hechos, Sherwood Taylor se hizo el siguiente razonamiento: «Si las afirmaciones sobre la oposición de la Iglesia a la ciencia están tan débilmente fundadas, lo mismo podía pasar con todas esas historias sobre sus maldades, fraudes y supersticiones que mis lecturas protestantes y racionalistas habían puesto en mi mente. Aún no creía, pero ahora estaba abierto a creer«.

¿Qué factores le hicieron avanzar?

Primero, que conoció a «dos católicos», cuyo nombre no reveló, que iluminaron para él «lo que podía ser el cristianismo en acción»: dos personas «caritativas, humildes y sin embargo inflexibles en la fe, que irradiaban santidad para todo aquel que tuviese ojos para verla… Sospecho que un cristiano que vive la fe vale tanto como una librería llena de tratados o un ejército de predicadores elocuentes».

Un segundo factor para su conversión fue una reflexión sobre los graves males que veía en su propio tiempo, sometido al ingenuo optimismo del mito cientificista y de la ideología del Progreso. Comprendió que no es la ciencia lo que hace el mundo mejor: «Lo que el mundo necesita no es más conocimiento, sino mejores personas… La escandalosa crueldad y la opresión económica del siglo XIX se debían a la maldad de los hombres más que a la ignorancia sobre la naturaleza… No podía ver otra fuente de una ética altruista que la creencia en Dios«.

Dos objeciones

Predispuesto con estos pensamientos, a Sherwood Taylor solo le quedaba someter a su mente racional dos puntos clave: ¿es la ciencia compatible con la fe en algo sobrenatural? ¿Son creíbles (históricos) los hechos narrados por las Escrituras?

Lo primero era claro: «La ciencia no puede afirmar ni negar lo que no se manifiesta en forma de fenómenos que puedan ser abordados mediante el método científico«. En la línea que había explicitado y teorizado Pierre Duhem (1861-1916) en La teoría física, comprendió que la ciencia se limita a establecer relaciones matemáticas entre cantidades mensurables. Todo lo demás cae fuera de su objeto.

La teoría física, de Pierre Duhem: una obra imprescindible para entender el alcance del conocimiento científico como relación entre cantidades mensurables expresada en modelos matemáticos que la justifican.

En cuanto a la historicidad de los Evangelios, descansaba sobre «testimonios» cuya credibilidad dependía de un juicio de valor, y al leerlos los vio como «obra de hombres que estaban diciendo la verdad: nadie podría haber inventado un personaje como Nuestro Señor«.

San Agustín y una voz

Sherwood Taylor leyó las Confesiones de San Agustín y se hizo esta pregunta: «Este hombre tenía un problema similar al mío. Tenía una inteligencia más aguda que la mía y fuerzas espirituales muchísimo mayores. ¿Por qué su solución no podía ser la mía?»

Pese a todas estas reflexiones, todavía dudaba, y así se mantuvo un tiempo hasta que vivió un discreto pero nítido camino de Damasco: «Un día, de forma repentina e inesperada, escuché dentro de mí las palabras: ‘¿Por qué estás desperdiciando tu vida?’ Me convencieron de inmediato y borraron todas mis dificultades. El mundo había cambiado. Ahora sabía para qué estaba yo en él, había recibido un mandato y solo me quedaba deshacerme de la porquería y reconstruir».

¿Por qué, en vez de acudir al anglicanismo que había conocido de niño, se dirigió a una parroquia católica para ser instruido? «No dudé ni por un momento de que era voluntad e intención de Dios llevarme allí. San Agustín era mi maestro, y tampoco dudé qué Iglesia, de haber vivido hoy, habría reconocido como la suya«.

Apologista y traductor de obras espirituales

A raíz de su conversión y de ser recibido en la Iglesia católica, Sherwood Taylor escribió varias obras para dar razón de su fe. En una de ellas, Two ways of life: christian and materialist [Dos formas de vivir: cristiana y materialista], examina el impacto de esas dos cosmovisiones, cristiana y materialista, sobre el individuo y sobre la sociedadParten de principios contrapuestos: o la vida tiene una finalidad (dar gloria a Dios y salvar tu alma) o no la tiene. En este segundo caso, el hombre tiene que recurrir a lo que llamaba «juguetes» (el dinero, el placer, el poder) para llenar, de mala manera y siempre de forma incompleta, el vacío de la ausencia de fin y -por el determinismo inherente al materialismo- de libertad.

En cuanto a las concepciones sobre la vida en común, la cosmovisión cristiana ve la sociedad conformada por individuos dignos de amor con quienes estrechar lazos, mientras que la cosmovisión materialista la reduce a una masa susceptible de ser manipulada por utópicos o por burócratas… o por ambos a la vez.

Publicó otros trabajos para deshacer mitos en torno a la incompatibilidad entre ciencia y fe, y en torno a la actitud histórica de la Iglesia hacia la ciencia, como un artículo de 1944, «La Iglesia y la ciencia», o un librito de 1951 de título similar, La actitud de la Iglesia hacia la ciencia. En ambos destacaba un hecho: el comité que condeno a Galileo cometió, sí, un error, aunque ese error deba ser despojado de las falsedades con las que lo dibujó la propaganda anticatólica; pero un error semejante no se ha vuelto a repetir después ni había sucedido antes nada comparable. ¿Por qué, entonces, tanta insistencia y tanta inquina?

Asimismo, aplicando su amor a las letras clásicas y a la Edad Media, tradujo al inglés textos de autores místicos medievales como Las arras del alma [De arrha animae] de Hugo de San Víctor (1096-1141), y Las siete gradas de la escala del amor espiritual de Jan van Ruysbroeck (1294-1381).

Cuando murió el 5 de enero de 1956, la revista Ambix sobre historia de la alquimia, que había fundado en 1937, evocó en un obituario sus virtudes personales: «Las enormes dotes intelectuales de Sherwood Taylor iban acompañadas de una profunda sinceridad y de una inquebrantable lealtad a sus amigos. Pero no eran solo sus íntimos quienes podían acudir a él solicitando ayuda y consejo, que ofrecía siempre de forma generosa, ya fuese sobre cuestiones académicas o sobre asuntos prácticos».

Y ahí sí que no era la ciencia la que le impulsaba, sino la caridad que descubrió, sin detallar nunca sus perfiles, en aquellas dos personas cuyo ejemplo le ayudó a llevar a término su camino a la fe.

Publicado en ReL el 7 de febrero de 2019.

A Jérôme Lejeune no le concedieron el Premio Nobel por ser provida (II/II)

ENTREVISTA CON SU HIJA (II). En 2011, Clara Lejeune-Gaymard, hija del doctor Lejeune, concedió una entrevista a Carrie Gress, de Zenit, con motivo de de la publicación del libro «Life is a blessing: Biografía de Jérôme Lejeune», cuya autora es Clara. «Mi padre siempre dijo que un niño con Síndrome de Down es más niño que otros», dice la hija de quien fue íntimo amigo y colaborador de Juan Pablo II. Y asegura que «se gasta mucho dinero en realizar el diagnóstico y en matarlos, hasta tal punto que, si pudiéramos tener sólo un 10% de este dinero para investigación, podríamos haber conseguido ya la cura». Jérôme Lejeune había comido y departido con Juan Pablo II los trazos de la Evangelium vitae el 13 de mayo de 1981, el fatídico día del atentado. A continuación, podrán leer el artículo.

Su padre fue el renombrado científico de genética de Francia, quien viajó por el mundo dando a conocer sus numerosos descubrimientos científicos, incluyendo el origen genético del Síndrome de Down. ¿Por qué su nombre no es muy conocido por su importante trabajo?

Clare Lejeune: Es una buena pregunta.

Cuando él hizo el descubrimiento de la trisomía 21 lo podría haber llamado “Lejeune” como hacen muchos científicos cuando realizan descubrimientos. Pero él no era ese tipo de hombre y pretendía realizar dos cosas.

La primera tenía que ver con todas las cosas humillantes que se decían sobre los niños con síndrome de Down, como que la madre había tenido un mal comportamiento sexual o que su herencia familiar era mala.

Estos niños eran escondidos, especialmente en Francia o el resto de Europa. Él quiso devolver su dignidad a estos niños y a sus padres diciéndoles que estaba en su código genético y que no venía de familia ni de un mal comportamiento.

También fue la primera vez que se descubrió que una enfermedad podía venir del código genético, de manera que se abría la puerta a la medicina genética y a la comprensión de que un cromosoma podía ser la causa de una enfermedad.
Sólo seis meses antes del descubrimiento, se decía que era imposible que el código genético pudiera causar una enfermedad. Así que él consiguió la prueba de lo contrario.

Y la segunda cosa que quería era proteger a los no nacidos.
Era muy conocido en Francia y muy conocido también en la comunidad científica porque ayudó a construir la primera cátedra conocida en genética en Israel y en España y trabajó con científicos en Estados Unidos. En Francia participó siempre como columnista en la prensa sobre cuestiones genéticas.

En 1969, comenzó la campaña del aborto en Europa, Francia y Estados Unidos. Y desde que él se declaró en contra, se le cerraron todas las puertas. Ya no formó parte de la actualidad. Nadie lo quiso entrevistar cuando realizó su descubrimiento.
Creo que en 1971 fue a Estados Unidos y realizó un discurso en el National Institute for Health y después de esto mandó un mensaje a mi madre diciendo: “Hoy he perdido mi Premio Nobel”. En el discurso él habló sobre el aborto, diciendo, “ustedes están transformando su instituto de salud en un instituto de muerte”. Y esto no fue bien acogido.

El libro sobre la vida de su padre es una serie de instantáneas de la vida de su familia que ilumina no sólo el trabajo científico de su padre, también su profunda fe. ¿Qué le hizo decidir escribir sobre él con este estilo?

Clare Lejeune: Yo estaba embarazada cuando él estaba enfermo, esperando a mi sexto hijo, y durante este tiempo esperaba que él pudiese vivir los suficiente para poder conocer a mi hija. Él murió el 3 de abril y ella nació el 13 de abril, así que nunca llegó a conocer a su abuelo.
Antes de morir le pregunté si me daba permiso para escribir un libro sobre él. Aunque temía que dijese que no ya que era un hombre muy humilde, sin embargo, él contestó: “Haz lo que quieras. Si quieres dar testimonio de la vida del niño con síndrome de Down, haz lo que quieras”.

Tenía claro que quería escribir algo para mi pequeña. Al principio escribí treinta hojas y cuando fuimos de vacaciones con un periodista le conté que estaba escribiendo un libro para que mi hija pudiese conocer a su abuelo. Él las leyó y me dijo que debería escribir un libro.

El modo en que quería escribirlo no era el de la biografía cronológica, sino como retratos diferentes de una persona. Hay un capítulo sobre nuestra vida en Dinamarca, uno sobre él como médico, otro como cristiano.

Cada capítulo es una pieza diferente del puzzle y al final te encuentras con el retrato de la persona entera.

– Su padre sufrió mucho en su carrera por su postura pro-vida.
¿Se basaban sus convicciones sólo en su fe o también se apoyaba en su investigación científica?

Clare Lejeune: Principalmente en que era médico, no en su fe. Cuando eres médico has jurado el Juramento Hipocrático de no hacer daño. Y él siempre decía que el respeto a la vida no tenía nada que ver con la fe, aunque, por supuesto, está en la fe el respetar la vida.

Por eso fue tan odiado por los partidarios del aborto. Era difícil luchar contra él porque sus argumentos eran de base científica.
Quiso explicar que la vida comenzaba en la concepción, él quiso contar una historia que fuese inteligible para todos, como Pulgarcito. Esta es una historia para niños o una leyenda, pero es una realidad.

Es muy raro que la humanidad haya sido capaz de contar una historia así sin saber si era verdad, porque cuando se escribió no había fotos de bebés en el útero.

La vida comienza en el mismo instante de la concepción cuando los genes de la madre y los del padre se unen para formar un nuevo ser humano que es absolutamente único.

Todo el patrimonio genético está ya allí. Es como la música de Mozart en la partitura. La vida entera está ya ahí.
A los dos meses, el embrión lo tiene todo, las manos, los ojos, el cuerpo. Es un cuerpo muy pequeño, pero después de dos meses lo único que hace es crecer. Si se pudiese coger el mismo dedo pequeño, se podría observar su huella dactilar.

– Muchos investigadores mantienen distancias con aquellos cuya vida afecta a su trabajo. Su padre parecía tener un enfoque distinto. ¿Cómo era su relación con los pacientes y sus familias? 

Clare Lejeune: Cuando él se convirtió en doctor, su primer trabajo fue en un hospital donde él vio a un niño con síndrome Down.

Entonces fue cuando decidió que quería saber por qué tenían una cara especial y todo lo demás. Se podría decir que esta fue realmente su vocación. Realmente quería encontrara una manera de tratarlos y a esto dedicó su investigación.

El hizo este descubrimiento porque amaba a estos niños y a sus familias y quería ayudarles.

No fue consecuencia de este descubrimiento el querer cuidar a los niños de síndrome Down, sino que fue al revés, porque él quería cuidar a estos niños realizó este descubrimiento. Y esto explica su relación con ellos.

– Después de su muerte, su familia creó una fundación para continuar su trabajo, especialmente el de encontrar una cura para el síndrome Down. ¿Qué hace esta fundación y cómo trabaja?

Clare Lejeune: Mi padre quiso crear esta fundación cuando todavía estaba vivo, porque él sabía que tendría que retirarse y quería que su investigación continuase. Al principio fue su proyecto.

El día antes de morir, fui a verlo y me dijo que estaba muy triste por sus pacientes, porque ellos no entenderían que los había tenido que dejar. Dijo: “los estoy abandonando y ellos no van a entender porque ya no estaré con ellos nunca más”.

Yo le contesté: “Ellos lo entenderán. Lo entenderán mejor que nosotros”.

Y me dijo: “No, ellos no lo entenderán mejor, pero si más profundamente”. Y después de esto, cuando él murió, nosotros pensamos que podríamos hacer algo más por ellos.

Después de año y medio pusimos en marcha una fundación dedicada a la investigación y tratamiento no sólo del síndrome Down, sino también de otros síndromes de enfermedades mentales de origen genético.

Creamos un centro en Francia de investigación genética y tenemos un comité que distribuye las ayudas a los diferentes grupos que están en todo el mundo.
Hemos fundado 60 proyectos con 32 equipos en los Estados Unidos, y estamos en proceso de comenzar una fundación en los Estados Unidos que se encargará de más investigación y tratamiento.

El tratamiento real no existe en la actualidad, ya que los investigadores están trabajando en solucionar este problema genético. El patrimonio genético de los niños es correcto, simplemente se repite como un disco rayado. Mi padre siempre decía que un niño con síndrome Down es más niño que otros; es cómo si no estuviese acabado del todo. Así que si ese gen pudiese ser silenciado el niño podría ser normal.

Y este es realmente el futuro de la medicina, reparar el código genético. Por tanto no es descabellado que podamos tratarlos algún día.

La dificultad estriba en que se gasta mucho dinero en realizar el diagnóstico y en matarlos, hasta tal punto que si pudiéramos tener sólo un 10% de este dinero para investigación, podríamos ya haber conseguido la cura.

– Su padre fue amigo de Juan Pablo II, sirviendo muchos años como miembro de la Academia Pontificia de Ciencias y como el primer presidente de la Academia Pontificia para la Vida.

¿Cómo era su relación con Juan Pablo II ? 

Lejeune-Gaymard: Él no diría que fue un amigo cercano del Papa. Pero así fue en verdad.

La historia comenzó cuando fue elegido para la Academia Pontificia de Ciencias por Pablo VI, no Juan Pablo II. Pero cuando este llegó a Papa, le pidió a mi padre que acudiese allí porque quería saber todo sobre la clonación, investigación en embriones, etc…

Así que desayunaron juntos y desde entonces él le llamaba cada vez que necesitaba explicaciones particulares. Comían juntos cada seis meses.

En 1981, el 13 de mayo, mi padre comió con mi madre y con el Papa. Después cogieron un taxi para ir al aeropuerto, volaron a casa y cuando aterrizaron, se enteraron de que el Papa estaba entre la vida y la muerte porque le habían disparado. Ellos fueron los últimos con los que estuvo antes de ir a la plaza.

Mi padre, aquella tarde, sufrió unos dolores inexplicables, tanto que fue hospitalizado durante tres días. Experimentó sufrimientos similares a los del Papa y una fiebre que desembocó en piedras en el riñón.

Nunca le gustó hablar de la conexión entre su enfermedad y la del Papa, pero ésta realmente existió.

Antes de que mi padre muriese, recibió un telegrama del Papa que decía que esperaba que se encontrase mejor. Cuando él murió, el domingo de Pascua, llamamos para decirle al Papa que mi padre había muerto.

Teníamos un buen amigo, el ex ministro de justicia de Francia, que nos llamó aquel día porque al ver en la televisión, la bendición del Papa, notó que el Papa parecía muy triste. Dijo, “creo que Jerome ha muerto”.

Cuando Juan Pablo II vino a Francia en 1997, quiso visitar y rezar ante la tumba de mi padre.

En ese momento, flanqueados por muchos guardias y miembros de seguridad, nos dejaron estar presentes a nuestra familia.

Tuve que negociar para que se permitiese estar presente a personas discapacitadas, ya que mi padre no entendería que el Papa viniese sin dar permiso a sus otros niños, los discapacitados, de estar allí también.

Web católico de Javier

Testimonio: Mac Hill

Mac pensaba que Dios era ese hombre lejano, de barba larga y blanca, que impone las leyes que uno debe seguir. Así que, en su búsqueda de identidad, decide ser el chico más popular y guay yendo a fiestas y jugando al fútbol. Todo este desenfreno le llevará a pasar un día en la cárcel, tras un accidente de tráfico en el que da positivo en la prueba de alcoholemia.

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Cara a cara: Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos

Alejandro Bermúdez nos explica todas las controversias que han surgido alrededor del próximo sínodo de la amazonia (Publicado el 25 jul. 2019).

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