La Navidad es feliz si mantenemos su sentido

Salieron varios comentarios sobre el pasado artículo “El espíritu de la navidad”. Alguno señalaba que a veces sucede que cuando llega la Navidad hay quienes se preguntan: ¿Qué estamos celebrando? Si no lo sabe bien y busca información en la calle (publicidad, radio, televisión, internet…), se encuentra con una fiesta consumista por excelencia.

Y cuando el excesivo consumo domina sobre los demás aspectos de la vida humana, se corre el peligro de banalizar hasta lo más valioso. Sin duda la alegría de una celebración, el poder hacerlo con un grupo de amigos aumenta la amistad. Pero la exageración puede ocultar el valor de lo que se trata de celebrar.

Da alegría el que la celebración de la Navidad se haya extendido por casi todo el mundo. Y que incluso en países no cristianos aprovechen esta fiesta para estrechar los lazos familiares. Pero disgusta, sin embargo, que haya sitio donde todo se centre en los regalos y la reunión familiar, con cena incluida.

Por ello, comentan, sería deseable esforzarnos por recuperar el sentido original de la fiesta: el aniversario del nacimiento de Jesús y aquellas costumbres que siempre nos han acercado a ello.

Los medios de comunicación tienen un poder inmenso para orientar a millones de personas. En este sentido, nos gustaría que no sólo en Navidad se exalten la unidad familiar y los valores.

Quizás todos podamos contribuir al restablecimiento de una Navidad auténticamente cristiana.

Y mencionan algunos consejos:

Coloquemos el Nacimiento en un lugar preferencial de nuestro hogar. También el árbol es un símbolo cristiano.

Hagámonos unos regalos -simbólicos-, que son expresión del afecto que nos tenemos.

Procuremos de alguna manera contribuir a la celebración de la Navidad de nuestros hermanos más necesitados.

Y cenemos o almorcemos juntos -toda la familia- siguiendo una tradición que viene del pueblo judío, que Jesús asumió y los cristianos mantenemos como una costumbre milenaria.

De esta manera nos aseguraremos de celebrar adecuadamente la Navidad.
Y es muy razonable recordar a Juan Pablo II que decía que esta verdad ha cambiado totalmente la historia. Desde la noche de Belén, la humanidad sabe que Dios se ha hecho hombre: se ha hecho hombre para dar al hombre parte en su naturaleza divina y que a partir de entonces adquiere una nueva dimensión. Es Dios mismo el que escribe la historia para entrar en ella. De esta manera, el acontecimiento de la Encarnación se amplía para abrazar a toda la historia humana, desde la creación.

Y este nacimiento terrenal de Jesús «atestigua de una vez por todas que en él todo hombre se ve inmerso en el misterio del amor de Dios, que es la fuente de la paz definitiva», observaba el Papa en su homilía de 1997. Por lo tanto, «toda la creación está invitada a cantar al Señor un cántico nuevo, a alegrarse y exultar juntos con todas las naciones de la tierra».

       Ing. José Joaquín Camacho                           

Siglo21, sábado 22 diciembre 2018

  

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